Tuesday, June 20, 2017

Subversives

Subversives: Those who seek to subvert an established social or moral order.” Indeed, this is the best adjective to define the thousands of individuals who lived their lives as constant activists in subverting legal, moral and social orders that deemed them dangerous, sinful and immoral. In a matter of 40 years, and without resorting to violence, this movement, risen from the feminist belief that the personal is political and built on skin and flesh, managed to turn a country completely on its head; a country that had for so long incarcerated, marginalized, persecuted and closeted its members.


Through visibility, insult reappropriation, the subversion of gender and sexuality, imagination, music and celebration, the Spanish LGBT movement, a prolific, plural, diverse and even contradictory force, has continued to fight, come hell or high water. It has put itself in the frontline, managing to leave behind years of darkness and step into the rainbow. Today, in 2017, we celebrate diversity as one of society’s most necessary and rewarding values. HAPPY PRIDE!

FCKH8 on Gay Pride Day



















HAPPY GAY PRIDE DAY
All pics + texts form FCKH8.com Facebook wall

Monday, June 12, 2017

Ballet Men


Australian Ballet dancers Adam Bull, Christopher Rodgers-Wilson, Cameron Hunter and Cristiano Martino talk about the highs and lows of their profession (as artists and athletes at the same time) and show off their beautiful technique. These men are very articulate both verbally and physically. Pure delight.

Sunday, June 11, 2017

Reclaiming Conversation

Renowned media scholar Sherry Turkle investigates how a flight from conversation undermines our relationships, creativity, and productivityand why reclaiming face-to-face conversation can help us regain lost ground.

We live in a technological universe in which we are always communicating. And yet we have sacrificed conversation for mere connection.
Preeminent author and researcher Sherry Turkle has been studying digital culture for over thirty years. Long an enthusiast for its possibilities, here she investigates a troubling consequence: at work, at home, in politics, and in love, we find ways around conversation, tempted by the possibilities of a text or an email in which we don’t have to look, listen, or reveal ourselves.
We develop a taste for what mere connection offers. The dinner table falls silent as children compete with phones for their parents’ attention. Friends learn strategies to keep conversations going when only a few people are looking up from their phones. At work, we retreat to our screens although it is conversation at the water cooler that increases not only productivity but commitment to work. Online, we only want to share opinions that our followers will agree with – a politics that shies away from the real conflicts and solutions of the public square.
The case for conversation begins with the necessary conversations of solitude and self-reflection. They are endangered: these days, always connected, we see loneliness as a problem that technology should solve. Afraid of being alone, we rely on other people to give us a sense of ourselves, and our capacity for empathy and relationship suffers. We see the costs of the flight from conversation everywhere: conversation is the cornerstone for democracy and in business it is good for the bottom line. In the private sphere, it builds empathy, friendship, love, learning, and productivity.
But there is good news: we are resilient. Conversation cures.
Based on five years of research and interviews in homes, schools, and the workplace, Turkle argues that we have come to a better understanding of where our technology can and cannot take us and that the time is right to reclaim conversation. The most human—and humanizing—thing that we do.

The virtues of person-to-person conversation are timeless, and our most basic technology, talk, responds to our modern challenges. We have everything we need to start, we have each other.

Friday, June 09, 2017

La república de las aulas

Por VÍCTOR J VÁZQUEZ
Diario de Sevilla, 8 de junio de 2017
Émile-auguste Chartier, conocido por su seudónimo periodístico como Alain, fue ante todo un profesor de liceo y un republicano. En esta doble condición, la mayoría de su obra, compuesta por más de tres mil artículos en prensa, tuvo una clara obsesión que fue la de explicar el vínculo entre republicanismo y rebeldía, un vínculo que sólo se podría llegar a entender desde las aulas. Para Chartier la escuela era un lugar en el que se debía rendir culto a la verdad pero siempre sin olvidar que es precisamente la duda aquello que constituye la esencia de la virtud humana. Tan importante era así inculcar la desinteresada entrega al saber científico, desterrando todo atavismo de superstición, como instruir a los alumnos en la necesidad de mantener una conciencia alerta frente a la peor necedad, que es la que padece quien ha creído encontrar en lo que otro dice o en lo que él mismo cree, un parámetro inmutable y cierto para juzgar la bondad y belleza de las cosas. Este ideal de alumno del profesor Chartier se correspondía, sin duda, con el ideal de ciudadano de su heterónimo, el escritor Alain. Un ciudadano rebelde, radical frente a las desmesuras del poder, pero atento a la hora de no incurrir en la peor de las tentaciones que es la de la indulgencia correligionaria con los excesos de la propia revolución. El culto a la República requería el culto al sentido crítico y no a la propia facción, y era en este saber estar alerta ante las certezas que uno se representa donde Alain cifraba el sentido de la virtud ciudadana. No es casualidad que de las aulas del profesor Chartier surgiera buena parte de lo mejor que la cultura francesa dio en el pasado siglo; entre otras, las voces de Raymond Aron y de Simone Weil, cuyas biografías intelectuales, siempre en conmoción -de la militancia revolucionaria al anticomunismo, el primero; de la acción política a la acción mística cristiana, la segunda- dejaron, más allá de una muestra heroica de compromiso antifascista, esa huella indeleble del pensamiento rebelde.
Esa forma de estar alerta del hombre rebelde era también para otro hijo de la mejor tradición republicana, Albert Camus, aquella que, en último término, permite a los pueblos zafarse de los yugos que el Estado quiere imponer bajo el disfraz paternalista de la ortodoxia. Como nos explica en ese impagable texto autobiográfico que es El primer hombre, Camus aprendió a ejercer su libertad en las aulas de Argel de las manos de su querido profesor Germain. Allí supo también del valor de la generosidad en el magisterio, del esfuerzo desinteresado por conocer, y, sobre todo, y por experiencia propia, hasta qué punto las aulas son, en realidad, el único ámbito desde el que extirpar de raíz el mal atávico de la desigualdad.
La república de las aulas está en horas bajas. Si antes el pensamiento conservador veía en este ideal republicano una afrenta a ese derecho natural de padres e iglesias a educar a sus hijos en su propia ortodoxia, hoy es la idea mercantil de productividad la que se esgrime para desterrar todo aquello que se considera "un saber inútil", como los estudios clásicos o la filosofía, cercenando así, al mismo tiempo, la posibilidad de los alumnos de acercarse a esa virtud que, como nos recuerdan Steiner u Ordine, sólo se aprende en la desinteresada entrega al conocimiento, y que está detrás de buena parte de los grandes logros que ha dado la humanidad en todos los campos. En el pensamiento progresista, por su parte, se ha ido consolidando la falacia de que la cultura del esfuerzo y del mérito es una reliquia conservadora, cuando es ésta precisamente la que se encuentra en el corazón del igualitarismo republicano. No es sino a quien desde más abajo parte a quien más le interesa toparse con un profesor Germain que le obligue a cultivar su talento. El rechazo paranoico a todo tipo controles o reválidas a los alumnos es así, no solo exponente del callejón sin salida en el que se encuentra esta discusión para buena parte de la ortodoxia progresista, sino también de la propia, e infundada, desconfianza que se tiene en las capacidades de profesores y alumnos, desconfianza a menudo disimulada bajo la falsa disyuntiva entre la educación emocional y la búsqueda de la excelencia: como si los alumnos finlandeses fueran todos brillantes pero depresivos.
En estos tiempos donde avasallados por la información todos estamos más expuestos a la mentira, y cuando nuestra especie tiene ante sí el reto de determinar su propia evolución y destino, sólo una educación exigente puede librar a la ciudadanía de ser presa de mezquindades y vasallajes. Sólo a través de ella el narcisismo revolucionario y nihilista podrá ceder ante un heroísmo tan rebelde y discreto como el de aquel médico de Camus que cumplió con su deber durante la peste. Las aulas, antes que el Rey, deberían ser hoy la primera preocupación de aquellos que se dicen republicanos. Y no lo son.
El autor es profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Sevilla