Wednesday, June 11, 1997

Convivir en la ciudad


Por LUIS ROJAS MARCOS

Nueva York cumple 100 años. Aunque sus orígenes se remontan a 1626, fecha en la que los colonizadores holandeses compraron la isla de Manhattan a los indios nativos por 60 florines (unos 22 euros), fue realmente en 1897 cuando se soldaron los 40 municipios que hoy forman la Gran Manzana. Polifacética, tolerante, generosa y dispuesta a todos los excesos, Nueva York es un paradigma de contrastes. Este escenario gigantesco, donde convivimos apretados ocho millones de vecinos, nos expone constantemente a imágenes muy vívidas y discordantes de riqueza y miseria, de saber e ignorancia, de orden y caos. Representa el epicentro del materialismo duro, la meca del estrés y la competitividad, y el foco de los conflictos humanos más abrumadores. Pero al mismo tiempo es el frente de la innovación, el paraíso de las esperanzas sin límite, de las aspiraciones y de las oportunidades. Quizá más que ninguna otra cosa, Nueva York concentra y exagera las virtudes y desafíos de la convivencia en las urbes modernas.

La esencia de las ciudades se compone, por un lado, de la arquitectura, las piedras y el cemento que las configuran, y por otro, de las emociones, las ideas y los ritos de los hombres y mujeres que las habitan. Esta extraordinaria combinación constituye el instrumento por excelencia de renovación social y de progreso. Es verdad que, desde tiempos remotos, pensadores ilustres han pintado las capitales de su tiempo como centros fríos y deshumanizados de depravación y de peligro, mientras que glorifican la vida campestre como más grata, virtuosa y saludable. Si bien el ambiente tranquilo y bucólico de los pueblos pequeños posee un atractivo seductor que nos invita a su idealización, no somos pocos quienes con el tiempo hemos llegado a la conclusión de que es realmente en las ciudades donde se desatan las pasiones, se libera la imaginación y se forja el destino de la humanidad. Después de todo, ¿no es la historia de la civilización la historia de las ciudades?

Los seres humanos pensamos, sentimos y nos comportamos de forma diferente en el entorno urbano que en el campo. El ambiente denso, dinámico y variado de las ciudades extrae de nosotros en todo momento un nivel superior de entendimiento y de conciencia. Sus libertades, sus opciones y su ritmo acelerado agudizan la intuición y avivan los dilemas sobre nuestro papel en la sociedad, sobre nuestra realización y sobre el significado de la existencia. Las ciudades estimulan además fórmulas inéditas de convivir y de relacionarnos, premian la originalidad y fomentan soluciones novedosas para abordar los problemas más insolubles de la vida. Y al sentirnos mucho menos coaccionados por reglas inflexibles de conducta o presiones homogeneizantes, tan típicas en las zonas rurales, expresamos más libremente nuestras convicciones, nuestro inconformismo y nuestra creatividad.

Hace años se pensaba utópicamente que con la migración o el flujo constante de nuevos habitantes las grandes urbes se convertirían en una especie de crisol para fundir razas, etnias, culturas y lenguas distintas. Hoy sabemos que no es así. Las ciudades actuales reflejan, más que una población híbrida, vibrantes mosaicos de gentes diversas que mantienen su individualidad y preservan su identidad. Esta heterogeneidad demográfica, a su vez, suscita en los hombres y las mujeres una perspectiva más relativista y tolerante hacia las diferencias.

Las ciudades, en fin, son el símbolo de la convivencia humana, el medio portador del conocimiento y el caldo de cultivo de las ideas. Constituyen un punto obligado de referencia, un escaparate ideal que permite observar y experimentar genuinamente la evolución de la humanidad y la lucha de millones de héroes anónimos por una mejor calidad de vida. (El País Semanal, 1997) Foto: Arnold Pouteau