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Monday, April 04, 2016

El Ministerio del Tiempo: las claves del éxito de la serie española más digital


Para conseguir que una serie tuviera éxito, decían los antiguos manuales de televisión, debía gustar a toda la familia. Debía incluir un abuelo quejica pero bonachón, un padre abnegado, una madre atractiva e inteligente -liberada, pero no tanto-, adolescentes con conflictos de medio pelo y un niño gracioso por expresar sus ideas como un viejo. Un personaje para cada uno. Y, si había que modernizarse, nada como incluir un gay. Luego llegó la HBO -y detrás todos a rebufo- para apostar por las buenas ficciones. Y la televisión volvió a ocupar un lugar prominente cuando muchos ya la daban por muerta, o la ubicaban como contenedor de las banalidades más groseras, que es lo mismo. Porque “una serie no tiene que gustarle a todo el mundo”, asegura Javier Olivares, uno de los creadores de El Ministerio del Tiempo, tal vez la ficción española más arriesgada de los últimos años.
Libre de las ataduras que supuestamente exige el mainstream, la serie de TVE ha sabido aprovechar al máximo su potencial hasta generar un fenómeno fan desconocido en España. Y no sólo con unos argumentos donde se mezclan sin rubor datos históricos reales con anécdotas de la cultura pop. Lo que El Ministerio del Tiempo ha sabido leer como nadie hasta ahora ha sido la importancia de no quedarse recluido en una pantalla. Las emisiones de sus capítulos multiplican la audiencia gracias a los visionados a través de Internet, lo que corrobora que la forma de ver televisión ha cambiado hace tiempo. El espectador ya no admite con facilidad que le digan cuándo y dónde tiene que consumir aquello que le gusta.
Esta ramificación web no se limita a hacer posible que sus episodios puedan verse online en rtve a la carta, sino que los contenidos crecen y se diversifican dando lugar a programas informativos, podcasts, una tienda con productos exclusivos diseñados por los propios aficionados (los “ministéricos”), videoencuentros con los protagonistas o una serie por la web. Muy pronto se convertirá, además, en la primera serie de televisión en el mundo que emite un episodio en realidad virtual. Su presencia en redes sociales es también notable, consiguiendo una gran repercusión gracias a sus seguidores (muchos de sus episodios se convierten en trending topic mundial en Twitter). Todo este revuelo ha llamado incluso la atención de una profesora de la universidad Carlos III de Madrid, Concepción Cascajosa, quien afirma que se trata de una serie que “ha trabajo su imagen de marca como ninguna otra”.
Todo este despliegue sería, sin embargo, baldío si no estuviera sustentado por lo más importante: una ficción de calidad con historias que enganchan al espectador y bien realizada. Un sello que, promete Javier Olivares, se mantendrá hasta el final de su segunda temporada con un último capítulo “muy arriesgado y atrevido”. [Texto: José L. Álvarez Cedena]

Monday, March 09, 2015

Sobre los diccionarios


Gabriel García Márquez
Tenía cinco años cuando mi abuelo el coronel me llevó a conocer los animales de un circo que estaba de paso en Aracataca. El que más me llamó la atención fue una especie de caballo maltrecho y desolado con una expresión de madre espantosa. "Es un camello," me dijo el abuelo. Alguien que estaba cerca le salió al paso. "Perdón, coronel," le dijo. "Es un dromedario." Puedo imaginarme ahora cómo debió sentirse el abuelo de que alguien lo hubiera corregido en presencia del nieto, pero lo superó con un pregunta digna:
–¿Cuál es la diferencia?
–No la sé –le dijo el otro–, pero éste es un dromedario.
El abuelo no era un hombre culto, ni pretendía serlo, pues a los catorce años se había escapado de la clase para irse a tirar tiros en una de las incontables guerras civiles del Caribe, y nunca volvió a la escuela. Pero toda su vida fue consciente de sus vacíos, y tenía una avidez de conocimientos inmediatos que compensaban de sobra sus defectos.
Aquella tarde del circo volvió abatido a la casa y me llevó a su sobria oficina con un escritorio de cortina, un ventilador y un librero con un solo libro enorme. Lo consultó con una atención infantil, asimiló las informaciones y comparó los dibujos, y entonces supo él y supe yo para siempre la diferencia entre un dromedario y un camello. Al final me puso el mamotreto en el regazo y me dijo:
–Este libro no sólo lo sabe todo, sino que es el único que nunca se equivoca.
Era el diccionario de la lengua, sabe Dios cuál y de cuándo, muy viejo y ya a punto de desencuadernarse. Tenía en el lomo un Atlas colosal, en cuyos hombros se asentaba la bóveda del universo. "Esto quiere decir –dijo mi abuelo– que los diccionarios tienen que sostener el mundo." Yo no sabía leer ni escribir, pero podía imaginarme cuánta razón tenía el coronel si eran casi dos mil páginas grandes, abigarradas y con dibujos preciosos. En la iglesia me había asombrado el tamaño del misal, pero el diccionario era más grande. Fue como asomarse al mundo entero por primera vez.
–¿Cuántas palabras habrá? –pregunté.
–Todas –dijo el abuelo.
La verdad es que en ese momento yo no necesitaba de las palabras, porque lograba expresar con dibujos todo lo que me impresionaba. A los cuatro años dibujé al mago Richardine, que le cortaba la cabeza a su mujer y se la volvía a pegar, como lo habíamos visto la noche anterior en el teatro. Una secuencia gráfica que empezaba con la decapitación a serrucho, seguía con la exhibición triunfal de la cabeza ensangrentada, y terminaba con la mujer, que agradecía los aplausos con la cabeza otra vez en su puesto. Las historietas gráficas estaban ya inventadas pero las conocí más tarde en el suplemento en colores de los periódicos dominicales. Entonces empecé a inventar historias dibujadas sin diálogos, porque aún no sabía escribir. Sin embargo, la noche en que conocí el diccionario se me despertó tal curiosidad por las palabras, que aprendí a leer más pronto de lo previsto. Así fue mi primer contacto con el que había de ser el libro fundamental en mi destino de escritor.
Un gran maestro de música ha dicho que no es humano imponer a nadie el castigo diario de los ejercicios de piano, sino que éste debe tenerse en la casa para que los niños jueguen con él. Es lo que me sucedió con el diccionario de la lengua. Nunca lo vi como un libro de estudio, gordo y sabio, sino como un juguete para toda la vida. Sobre todo desde que se me ocurrió buscar la palabra amarillo, que estaba descrita de este modo simple: del color del limón. Quedé en las tinieblas, pues en las Américas el limón es de color verde. El desconcierto aumentó cuando leí en el Romancero Gitano de Federico García Lorca estos versos inolvidables: En la mitad del camino cortó limones redondos y los fue tirando al agua hasta que la puso de oro. Con los años, el diccionario de la Real Academia –aunque mantuvo la referencia del limón– hizo el remiendo correspondiente: del color del oro. Sólo a los veintitantos años, cuando fui a Europa, descubrí que allí, en efecto, los limones son amarillos. Pero entonces había hecho ya un fascinante rastreo del tercer color del espectro solar a través de otros diccionarios del presente y del pasado. El Larousse y el Vox –como el de la Academia de 1780– se sirvieron también de las referencias del limón y del oro, pero sólo María Moliner hizo en 1976 la precisión implícita de que le color amarillo no es el de todo el limón sino sólo el de su cáscara. Pero también ella había sacrificado la poesía del diccionario de autoridades, que fue el primero de la Academia en 1726, y que describió el amarillo con un candor lírico: Color que imita el del oro cuando es subido y a la flor de la retama cuando el bajo y amortiguado. Todos los diccionarios juntos, por supuesto, no le daban a los tobillos al más antiguo, compuesto por don Sebastián de Covarrubias, que había ido más lejos que ninguno en propiedad e inspiración para identificar el amarillo: Entre las colores se tiene por la mas infelice, por ser la de la muerte y de la larga y peligrosa enfermedad, y la color de los enamorados.
Estos escrutinios indiscretos me llevaron a comprender que los diccionarios rupestres intentaban atrapar una dimensión de las palabras que era esencial para el buen escritor: su significado subjetivo. Nadie lo sabe tanto como los niños hasta los cinco años y los escritores hasta los cien. Los sabores, los sonidos y los olores son los ejemplos más fáciles. Hace muchos años me despertó a media noche la voz de un cordero amarrado en el patio, que balaba en un tono metálico de una regularidad inclemente. Uno de mis hermanos menores, deslumbrado por la simetría del lamento, dijo en la oscuridad: "Parece un faro." Una tisana hecha con hierbas viejas tenía el sabor inconfundible de una procesión de Viernes Santo. Cuando al Che Guevara le dieron a probar la primera gaseosa que se hizo en Cuba para sustituir el refresco del Cuba Libre, dijo sin vacilar ante las cámaras de televisión: "Sabe a cucaracha." Más tarde, en privado, fue más explícito: "Sabe a mierda." ¿Cuántas veces hemos tomado un café que sabe a ventana, un pan que sabe a baúl, un arroz que sabe a solapa y una sopa que sabe a máquina de coser? Un amigo probó en un restaurante unos espléndidos riñones al jerez, y dijo, suspirando, "¡Sabe a mujer!." En un ardiente verano de Roma tomé un helado que no me dejó la menor duda: sabía a Mozart.
Creo que este género de asociaciones tiene mucho que ver con las diferencias entre un buen novelista y otro que no lo es. En cada palabra, en cada frase, en el simple énfasis de una réplica puede haber una segunda intención secreta que sólo el autor conoce. Su validez tendrá que ser distinta de acuerdo con quien la lea y según su tiempo y su lugar. Cada escritor escribe como puede, pues lo más difícil de este oficio azaroso no es sólo el buen manejo de sus instrumentos, sino la cantidad de corazón que se entregue en el único método inventado hasta ahora para escribir, que es poner una letra después de la otra.
Para resolver estos problemas de la poesía, por supuesto, no existen diccionarios, pero deberían existir. Creo que doña María Moliner, la inolvidable, lo tuvo muy en cuenta cuando se hizo una promesa con muy pocos precedentes: escribir sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario de uso del español. Lo escribió en las horas que le dejaba su empleo de bibliotecaria y el que ella consideraba su verdadero oficio: remendar calcetines. Lo que quería en el fondo era agarrar al vuelo todas las palabras desde que nacían. "Sobre todo las que encuentro en los periódicos –según dijo en una entrevista–, porque allí viene el idioma vivo, el que se está usando, las palabras que tienen que inventarse al momento." En realidad, lo que esa mujer de fábula había emprendido era una carrera de velocidad y resistencia contra la vida. Es decir: una empresa infinita, porque las palabras no las hacen los académicos en las academias, sino la gente en la calle. Los autores de los diccionarios las capturan casi siempre demasiado tarde, las embalsaman por orden alfabético, y en muchos casos cuando ya no significan lo que pensaron sus inventores.
En realidad, todo diccionario de la lengua empieza a desactualizarse desde antes de ser publicado, y por muchos esfuerzos que hagan sus autores no logran alcanzar las palabras en su carrera hacia el olvido. Pero María Moliner demostró al menos que la empresa era menos frustrante con los diccionarios de uso. O sea, los que no esperan que las palabras les lleguen a la oficina, sino que salen a buscarlas, como es el caso de este diccionario nuevo que me ha llegado a las manos todavía oloroso a madera de pino y tinta fresca.
Y cuyo destino podría ser menos efímero que el de tantos otros, si se descubre a tiempo que no hay nada más útil y noble que los diccionarios para que jueguen los niños desde los cinco años. Y también, con un poco de suerte, los buenos escritores hasta los cien.
(Prólogo al diccionario Clave, publicado por la Editorial SM en 2000)

Wednesday, July 02, 2008

El móvil_microrrelato

JUAN JOSÉ MILLÁS

El tipo que desayunaba a mi lado en el bar olvidó un teléfono móvil debajo de la barra. Corrí tras él, pero cuando alcancé la calle había desaparecido. Di un par de vueltas con el aparato en la mano por los alrededores y finalmente lo guardé en el bolsillo y me metí en el autobús. A la altura de Cartagena comenzó a sonar. Por mi gusto no habría descolgado, pero la gente me miraba, así que lo saqué con naturalidad y atendí la llamada. Una voz de mujer, al otro lado, preguntó: “¿Dónde estás?”. “En el autobús”, dije. “¿En el autobús? ¿Y qué haces en el autobús?”. “Voy a la oficina”. La mujer se echó a llorar como si le hubiera dicho algo horrible, y colgó.

Guardé el aparato en el bolsillo de la chaqueta y perdí la mirada en el vacío. A la altura de María de Molina con Velázquez volvió a sonar. Era de nuevo la mujer. Aún lloraba. “Seguirás en el autobús, ¿no?”, dijo con voz incrédula. “Sí”, respondí. Imaginé que me hablaba desde una cama con las sábanas negras, de seda, y que ella vestía un camisón blanco con encajes. Al enjugarse las lágrimas, se deslizó el tirante del hombro derecho y yo me excité mucho sin que nadie se diera cuenta. Una mujer tosió a mi lado. “¿Con quién estás?”, preguntó angustiada. “Con nadie”, dije. “¿Y esa tos?”. “Es de una pasajera del autobús”. Tras unos segundos, añadió con voz firme: “Me voy a suicidar; si no me das alguna esperanza me mato ahora mismo”. Miré a mi alrededor; todo el mundo estaba pendiente de mí, así que no sabía qué hacer. “Te quiero”, dije y colgué.


Dos calles más allá sonó otra vez. “¿Eres tú el imbécil que anda jugando con mi móvil?”, preguntó una voz masculina. “Sí”, dije tragando saliva. “¿Y piensas devolvérmelo?”. “No”, respondí. Al poco nos dejaron sin línea, pero yo lo llevo siempre en el bolsillo por si ella volviera a telefonear.
El País (13/10/1995)

Monday, April 30, 2007

Paul Auster on storytelling


Discurso del escritor norteamericano Paul Auster al recibir el PREMIO PRÍNCIPE DE ASTURIAS DE LAS LETRAS 2006
(texto bilingüe):


I don't know why I do what I do. If I did know, I probably wouldn't feel the need to do it. All I can say, and I say it with utmost certainty, is that I have felt this need since my earliest adolescence. I'm talking about writing, in particular writing as a vehicle to tell stories, imaginary stories that have never taken place in what we call the real world. Surely it is an odd way to spend your life -sitting alone in a room with a pen in your hand, hour after hour, day after day, year after year, struggling to put words on pieces of paper in order to give birth to what does not exist -except in your own head. Why on earth would anyone want to do such a thing? The only answer I have ever been able to come with is: because you have to, because you have no choice.

This need to make, to create, to invent is no doubt a fundamental human impulse. But to what end? What purpose does art, in particular the art of fiction, serve in what we call the real world? None that I can think of -at least not in any practical sense. A book has never put food in the stomach of a hungry child. A book has never stopped a bullet from entering a murder victim's body. A book has never prevented a bomb from falling on innocent civilians in the midst of war. Some like to think that a keen appreciation of art can actually make us better people -more just, more moral, more sensitive, more understanding. Perhaps that is true -in certain rare, isolated cases. But let us nor forget that Hitler started out in life as an artist. Tyrants and dictators read novels. Killers in prison read novels. And who is to say they don't derive the same enjoyment from books as everyone else?

In other words, art is useless -at least when compared, say, to the work of a plumber, or a doctor, or a railroad engineer. But is uselessness a bad thing? Does a lack of practical purpose mean that books and paintings and string quartets are simply a waste of our time? Many people think so. But I would argue that it is the very uselessness of art that gives it its value -and that the making of art is what distinguishes us from all other creatures who inhabit this planet, that it is, essentially, what defines us as human beings. To do something for the pure pleasure and beauty of doing it. Think of the effort involved, the long hours of practice and discipline required to become an accomplished pianist or dancer. All the suffering and hard work, all the sacrifices in order to achieve something that is utterly and magnificently... useless.

Fiction, however, exists in a somewhat different realm from the other arts. Its medium is language, and language is something we share with others, that is common to us all. From the moment we learn to talk, we begin to develop a hunger for stories. Those of us who can remember our childhoods will recall how ardently we relished the moment of the Bedtime Story - when our mother or father would sit down beside us in the semi-dark and read from a book of fairy tales. Those of us who are parents will have no trouble conjuring up the rapt attention in the eyes of our children when we read to them. Why this intense desire to listen? Fairy tales are often cruel and violent, featuring beheadings, cannibalism, grotesque transformations, and evil enchantments. One would think this material would be too frightening for a young child - but what these stories allow the child to experience is precisely an encounter with his own fears and inner torments - in a perfectly safe and protected environment. Such is the magic of stories: the might drag us down to the depths of hell, but in the end they are harmless.

We grow older, but we do not change. We become more sophisticated, but at bottom we continue to resemble our young selves, eager to listen to the next story, and the next, and the next. For years, in every country of the Western world, article after article has been published bemoaning the fact that fewer and fewer people are reading books, that we have entered what some have called the "post-literate age". That may well be true, but at the same time this has not diminished the universal craving for stories. Novels are not the only source, after all. Films and television and even comic books are churning out vast quantities of fictional narratives, and the public continues to swallow them up with great passion. That is because human beings need stories. They need them almost as desperately as they need food, and however the stories might be presented -whether on a printed page or on a television screen -it would be impossible to imagine life without them.

Still, when it comes to the state of the novel, to the future of the novel, I feel rather optimistic. Numbers don't count where books are concerned -for there is only one reader, each and every time only one reader. That explains the particular power of the novel, and why in my opinion, it will never die as a form. Every novel is an equal collaboration between the writer and the reader, and it is the only place in the world where two strangers can meet on terms of absolute intimacy. I have spent my life in conversations with people I have never seen, with people I will never know, and I hope to continue until the day I stop breathing. It's the only job I've ever wanted. (20/10/2006)

No sé por qué me dedico a esto. Si lo supiera, probablemente no tendría necesidad de hacerlo. Lo único que puedo decir, y de eso estoy completamente seguro, es que he sentido tal necesidad desde los primeros tiempos de mi adolescencia. Me refiero a escribir, y en especial a la escritura como medio para narrar historias, relatos imaginarios que nunca han sucedido en eso que denominamos mundo real. Sin duda es una extraña manera de pasarse la vida: encerrado en una habitación con la pluma en la mano, hora tras hora, día tras día, año tras año, esforzándose por llenar unas cuartillas de palabras con objeto de dar vida a lo que no existe…, salvo en la propia imaginación. ¿Y por qué se empeñaría alguien en hacer una cosa así? La única respuesta que se me ha ocurrido alguna vez es la siguiente: porque no tiene más remedio, porque no puede hacer otra cosa.

Esa necesidad de hacer, de crear, de inventar es sin duda un impulso humano fundamental. Pero ¿con qué objeto? ¿Qué sentido tiene el arte, y en particular el arte de narrar, en lo que llamamos mundo real? Ninguno que se me ocurra; al menos desde el punto de vista práctico. Un libro nunca ha alimentado el estómago de un niño hambriento. Un libro nunca ha impedido que la bala penetre en el cuerpo de la víctima. Un libro nunca ha evitado que una bomba caiga sobre civiles inocentes en el fragor de una guerra. Hay quien cree que una apreciación entusiasta del arte puede hacernos realmente mejores: más justos, más decentes, más sensibles, más comprensivos. Y quizá sea cier
to; en algunos casos, raros y aislados. Pero no olvidemos que Hitler empezó siendo artista. Los tiranos y dictadores leen novelas. Los asesinos leen literatura en la cárcel. ¿Y quién puede decir que no disfrutan de los libros tanto como el que más?

En otras palabras, el arte es inútil, al menos comparado con, digamos, el trabajo de un fontanero, un médico o un maquinista. Pero ¿qué tiene de malo la inutilidad? ¿Acaso la falta de sentido práctico supone que los libros, los cuadros y los cuartetos de cuerda son una pura y simple pérdida de tiempo? Muchos lo creen. Pero yo sostengo que el valor del arte reside en su misma inutilidad; que la creación de una obra
de arte es lo que nos distingue de las demás criaturas que pueblan este planeta, y lo que nos define, en lo esencial, como seres humanos. Hacer algo por puro placer, por la gracia de hacerlo. Piénsese en el esfuerzo que supone, en las largas horas de práctica y disciplina que se necesitan para ser un consumado pianista o bailarín. Todo ese trabajo y sufrimiento, los sacrificios realizados para lograr algo que es total y absolutamente… inútil.

La narrativa, sin embargo, se halla en una esfera un tanto diferente de las demás artes. Su medio es el lenguaje, y el lenguaje es algo que compartimos con los demás, común a todos nosotros. En cuanto aprendemos a hablar, empez
amos a sentir avidez por los relatos. Los que seamos capaces de rememorar nuestra infancia recordaremos el ansia con que saboreábamos el cuento que nos contaban en la cama, el momento en que nuestro padre, o nuestra madre, se sentaba en la penumbra junto a nosotros con un libro y nos leía un cuento de hadas. Los que somos padres no tendremos dificultad en evocar la embelesada atención en los ojos de nuestros hijos cuando les leíamos un cuento. ¿A qué se debe ese ferviente deseo de escuchar? Los cuentos de hadas suelen ser crueles y violentos, describen decapitaciones, canibalismo, transformaciones grotescas y encantamientos maléficos. Cualquiera pensaría que esos elementos llenarían de espanto a un crío; pero lo que el niño experimenta a través de esos cuentos es precisamente un encuentro fortuito con sus propios miedos y angustias interiores, en un entorno en el que está perfectamente a salvo y protegido. Tal es la magia de los relatos: pueden transportarnos a las profundidades del infierno, pero en realidad son inofensivos.

Nos hacemos mayores, pero no cambiamos. Nos volvemos más refinados, pero en el fondo seguimos siendo como cuando éramos pequeños, criaturas que esperan ansiosamente que les cuenten otra historia, y la siguiente, y otra más. Durante años, en todos los países del mundo occidental, se han publicado numerosos artículos
que lamentan el hecho de que se leen cada vez menos libros, de que hemos entrado en lo que algunos llaman la “era posliteraria”. Puede que sea cierto, pero de todos modos no ha disminuido por eso la universal avidez por el relato. Al fin y al cabo, la novela no es el único venero de historias. El cine, la televisión y hasta los tebeos producen obras de ficción en cantidades industriales, y el público continúa tragándoselas con gran pasión. Ello se debe a la necesidad de historias que tiene el ser humano. Las necesita casi tanto como el comer, y sea cual sea la forma en que se presenten –en la página impresa o en la pantalla de televisión–, resultaría imposible imaginar la vida sin ellas.


De todos modos, en lo que respecta al estado de la novela, al futuro de la novela, me siento bastante optimista. Hablar de cantidad no sirve de nada cuando nos referimos a los libros; porque no hay más que un lector, sólo un lector en todas y cada una de las veces. Lo que explica el particular influjo de la novela, y por qué, en mi opinión, nunca desaparecerá como forma literaria. La novela es una colaboración a pa
rtes iguales entre el escritor y el lector, y constituye el único lugar del mundo donde dos extraños pueden encontrarse en condiciones de absoluta intimidad. Me he pasado la vida entablando conversación con gente que nunca he visto, con personas que jamás conoceré, y así espero seguir hasta el día en que exhale mi último aliento. Nunca he querido trabajar en otra cosa.


Paul Auster was born in New Jersey in 1947. After attending Columbia University, he lived in France for four years. Since 1947, he has published poems, essays, novels, screenplays and translations. He is the author of The New York Trilogy, Leviathan, Oracle Night, The Book of Illusions, and The Brooklyn Follies. Man in the Dark is his latest novel. He lives in Brooklyn, New York.