Monday, January 18, 2016

¿Por qué es mejor aprender inglés en Australia?

Spanish students enjoying a barbecue in Byron Bay, Australia

Se triplica el número de españoles que se decantan por ese país, que ofrece un visado de estudiante que permite trabajar.

Hace un mes que Manuel Sevilla, madrileño de 25 años, aterrizó en Sidney. Con una doble titulación en Periodismo y Comunicación Audiovisual, sus expectativas de encontrar un empleo cualificado en España eran nulas. Sus ahorros, unos 5.000 euros, le servirían para cruzar el charco y asentarse en Estados Unidos oCanadá y así perfeccionar su inglés para abrirse nuevas puertas en otros mercados internacionales. Su proyecto se frustró; ninguno de los dos países concede visados de estudiante que permitan trabajar de forma legal al mismo tiempo, y 5.000 euros no dan para tanto.
“No me podía mantener sin un trabajo y tuve que buscar otras opciones. Descubrí que en Australia sí se puede y casi nadie lo sabe”, cuenta Sevilla desde su nuevo apartamento en Sidney, la ciudad más grande y poblada del país, donde convive con 4,2 millones de personas. Desde 2009 se ha triplicado el número de jóvenes españoles que han escogido Australia como destino para mejorar su inglés o matricularse en otro tipo de programas académicos; de los 534 visados de estudiante que el Gobierno australiano concedió en el curso 2008-2009, se pasó a 1.786 en el ejercicio 2013-2014, lo que representa un aumento del 334%.
El Student Visa australiano, que cuesta unos 350 euros, permite estudiar un máximo de cinco años y trabajar 20 horas a la semana, no más. El requisito para conseguir el visado es matricularse de un curso, que oscila entre los 100 y los 250 euros a la semana, y pagarlo antes de tramitar la solicitud. La duración del visado será la misma que la del programa de estudios.




VISADO 'WORK AND HOLIDAY'


Además del Student Visa, el Gobierno australiano lanzó en 2014 el visado Work and Holiday, otra opción a la que solo se pueden acoger jóvenes de entre 18 y 30 años que permite residir durante un año en el país, trabajar a tiempo completo y estudiar un máximo de cuatro meses. A diferencia del otro visado, para este no es un requisito matricularse de ningún programa académico. A partir de julio de este año se abrirá el cupo de solicitudes con un máximo de 500 visados para españoles. 
Es necesario acreditar un nivel de inglés de 4.8 en el IELTS (lo que equivale a unFirst de Cambridge) y un mínimo de dos años de FP superior o de un grado universitario. 

A Manuel Sevilla le salen los números. Tras varias semanas de búsqueda de empleo en la web gumtree, ha conseguido un puesto de limpiador en un bloque de viviendas por el que gana unos 1.600 dólares australianos al mes, unos 1.100 euros. Paga 800 dólares (515 euros) por una habitación en un piso compartido y le quedan unos 500 euros para gastar al mes. Eso sí, tuvo que anticipar el pago del curso de inglés: 3.400 euros por ocho meses. “En España ganaba 2,5 euros la hora como becario y aquí unos 17. Ha merecido la pena la aventura”, relata el joven sobre su primera experiencia fuera de España.
Otro de los requisitos para adquirir el visado es contratar un seguro médico homologado por el Gobierno australiano, que ronda los 30 euros al mes. El resto es comprar el vuelo, alquilar una habitación, abrir una cuenta bancaria y, lo más importante, tramitar el número de la seguridad social australiano, llamado tax file number, que permite trabajar en el país. 




"AQUÍ HAY MENOS ESPAÑOLES QUE EN OTROS PAÍSES DE HABLA INGLESA"

Mireia Morell en una de sus excursiones por Australia. 

Mirea Morell, barcelonesa de 30 años y licenciada en Psicología, dejó su trabajo fijo en el departamento de recursos humanos en una consultora para perfeccionar su inglés en Australia. Hace seis meses que llegó a Sidney junto a su pareja y ambos lo han hecho a través delStudent Visa.
"Una de los puntos fuertes de Australia es que hay menos españoles que en otros países de habla inglesa europeos", asegura. En su segunda semana encontró empleo como camarera. "Hay que tener un buen nivel de inglés para encajar en un empleo cualificado. Lo bueno es que los sueldos en el sector servicios son muy altos comparados con España, van de los 1.400 a los 1.800 euros al mes", relata. 

El aluvión de estudiantes que han llegado a Australia en los últimos años ha hecho aflorar compañías lideradas por españoles que se encargan de asesorar a los jóvenes en todo el proceso, desde la elección del curso que mejor se adapta a sus necesidades, hasta la búsqueda de casa y el resto de trámites burocráticos. Australian WayAussieyoutoo son algunas de ellas."No les aseguramos que vayan a encontrar trabajo, cada uno se tiene que poner las pilas y recorrer los comercios con su currículum", explica Eduardo Casado, cofundador de Australian Way, que desde 2010 ha ayudado a 2.300 españoles a dar el salto.
"Ha sido un boom, no me lo esperaba. Lo empecé como un pasatiempo para ayudar a otras personas y ahora puedo vivir de ello", cuenta Marta Caparrós, CEO de Aussieyoutoo, de 31 años, que desde que lanzó el proyecto en 2012 ha llevado a 1.400 españoles a Australia. Su fuente de ingresos no son los estudiantes, a los que no cobra por el servicio, sino los acuerdos que ha firmado con más de 50 centros educativos australianos, que le pagan una comisión por cada alumno que les deriva. 
¿Cuál es la ventaja del estudiante a la hora de contactar con una de estas compañías? "Les guiamos en la tramitación del visado paso a paso y en tiempo real con una llamada por Skype, les compramos los vuelos con la vuelta abierta y con 10 kilos más de lo permitido por pasajero y les recibimos en la ciudad a su llegada para acompañarles a hacer todos los trámites burocráticos", explica Caparrós. "Los que estén pensando en venir tienen que tener muy claro que aquí somos inmigrantes; limpiamos, cuidamos niños... a quien se le vayan a caer los anillos, mejor que escoja otro destino", añade.
El País, 19 de enero de 2016

Wednesday, January 06, 2016

Provincianos y cosmopolitas

Por RAFAEL ARGULLOL

Viajar mucho sin llegar a conocer nada, tener acceso a gran cantidad de información pero permanecer desinformado y tratar de unificar todo bajo una sola lengua no hace a nadie más universal. Todo lo contrario.

En 1794 el escritor saboyano, aunque ruso de adopción, Xavier de Maistre escribió un delicioso relato, Viaje alrededor de mi habitación, en el que se describe de modo autobiográfico la vida de un oficial que, obligado por una convalecencia a permanecer 42 días encerrado en su cuarto, viaja con su imaginación por un territorio riquísimo en referencias y en pensamientos. El protagonista del texto es un verdadero cosmopolita, un ciudadano del mundo en el sentido literal, a pesar de que está recluido entre cuatro paredes. Me acuerdo con frecuencia del libro de Xavier de Maistre cuando escucho los balances que muchos hacen de sus travesías del mapamundi en viajes organizados, y en los que se plantea una situación inversa a la del argumento literario de aquél: recorren vastos espacios pero su imaginación —o su falta de imaginación— los atrapa en un territorio pobrísimo, tanto en referencias como en pensamientos. Consumen grandes cantidades de kilómetros aunque, como viajeros, atesoran una escasa experiencia de sus viajes. Son, por así decirlo, la vanguardia de los provincianos globales y, en ningún caso, al contrario del oficial convaleciente de Xavier de Maistre, son cosmopolitas ni aspiran a serlo.


El provinciano global es una figura representativa de una época, la nuestra, que empuja al cosmopolita hacia una suerte de clandestinidad. El cosmopolita, personaje en extinción, o quizá provisionalmente retirado a las catacumbas del espíritu, es alguien que desea habitar la complejidad del mundo. Es un amante de la diferencia, ansioso siempre de explorar lo múltiple y lo desconocido para volver a casa, si es que vuelve, con el bagaje de los sucesivos saberes que ha adquirido. El cosmopolita, al no soportar la excesiva claustrofobia de la identidad propia, busca en el espacio absorto de lo ajeno aquello que pueda enriquecer su origen y sus raíces. El hijo pródigo de la parábola bíblica encarna a la perfección ese anhelo: el conocimiento de los otros es finalmente el conocimiento de uno mismo. El cosmopolita quiere saber.

El provinciano global quiere acumular mientras, simultáneamente, elimina o aplana las diferencias. Hay muchos signos en nuestro tiempo que señalan en esa dirección, sin que se adivine cómo el que todavía posee la vieja alma del cosmopolita pueda oponerse. Por su espectacularidad y por su carácter reciente el turismo de masas es, sin duda, uno de esos signos. Cada vez se elevan más voces proclamando el carácter pandémico de un fenómeno que, paradójicamente, en sus inicios se consideró liberador porque el igualitarismo del viaje parecía la continuación lógica de la creencia ilustrada en el igualitarismo de la educación. Sin embargo, cualquiera que se pasee por las antiguas ciudades europeas o, con otra perspectiva, por las zonas aún consideradas exóticas del planeta, puede percibir con facilidad el alcance de una plaga que está solo en sus comienzos. Los centros históricos de las urbes ya son casi todos idénticos, como idénticos son los resorts en los que se albergan los huéspedes de los cinco continentes. La diferencia ha sido aplastada, dando lugar al horizonte por el que se mueve con comodidad el provinciano global.

Con respecto a la información —otra de nuestras deidades, si no la principal— Heráclito, hace 2.500 años, ya dejó dicho que no proporcionaba la comprensión. No parece probable que variara de posición, deslumbrado por nuestras tecnologías. La misma paradoja que afecta al turismo masivo, enfermo de velocidad y cuantificación, afecta a esa humanidad más informada que nunca pero proclive a la amnesia. Como lo demuestran hechos recientes, tal las guerras de Siria o de Ucrania, es imposible que la llamada opinión pública sepa tan poco de aquello que debería saber tanto en la era de la información total. El provinciano global quiere disponer de resortes informativos, si bien es dudoso que quiera saber. Quizá tampoco está en condiciones de hacerlo. Aquellos que detentan el poder, dirigentes políticos y económicos, están en la misma situación. Cuando a menudo nos lamentamos de la falta de estatistas en la política mundial aludimos, en realidad, al dominio del provincianismo global.
La desfiguración de la cultura cosmopolita puede ser clave a la hora de entender buena parte del desconcierto actual. Lo que hemos denominado globalización, vinculada a las grandes migraciones y a las nuevas tecnologías, ha sido, en parte, un fenómeno fructífero, al poner en relación tradiciones ajenas entre sí y al facilitar nuevas posibilidades frente a la desigualdad; no obstante, paralelamente, ha supuesto una devastación cultural de grandes proporciones al destrozar buena parte del sutil tejido de la diferencia. La uniformidad socava los alicientes que alberga toda visión cosmopolita.

Una de las grandes metáforas de este proceso en nuestra época es la rápida, universal y consentida mutilación de centenares de idiomas en favor de un idioma avasalladoramente hegemónico. Con toda probabilidad, hace solo tres décadas, nadie se hubiese aventurado a insinuar que para participar en un congreso en Lisboa sobre Camões —poeta nacional portugués— había que intervenir en inglés, o que en cualquiera de nuestras universidades se puede asistir al espectáculo de que un profesor explique a Baudelaire o a Goethe en medio inglés a un público estudiantil que entiende el inglés a medias. Y aún menos, desde luego, se hubiese podido imaginar que se llegaría a la situación de que un entero país —Corea del Sur— pretenda alcanzar a poseer el inglés, como nueva lengua propia, mediante el ingenioso método de llevar a las embarazadas a clases en aquel idioma, de modo que el feto pueda ya adaptarse a lo que prima en el cada vez más reducido universo lingüístico. Obviamente no tengo nada contra lo que los cursis llaman “lengua de Shakespeare” sino contra el reduccionismo que, al maltratar a todos los demás idiomas, también empobrece a la propia lengua inglesa: recientemente, un catedrático de Oxford me contaba que, mientras la mayoría de sus colegas apenas conocen otros idiomas que no sean el suyo, los escritores británicos contemporáneos utilizan una lengua drásticamente empobrecida.

Este sería un buen retrato del provinciano global: aquel que aspira a hablar un solo idioma, lo más utilitario posible, sin importarle la destrucción de los mundos que habitan en los otros idiomas; aquel que se mueve continuamente de aquí para allá, obseso coleccionista de imágenes, al tiempo que es incapaz de fijar la mirada, y no digamos el pensamiento, en paisaje alguno; aquel que está permanentemente informado con aludes de noticias y mensajes que sepultan su capacidad de comprensión. Es posible que un individuo de tal naturaleza se considere a sí mismo un cosmopolita. Pero vive en una pequeña aldea que ha confundido con el mundo.
El País, 2 de enero de 2016. Rafael Argullol es escritor.